Eran, no sé, quizá las 5 y algo de la tarde. Salí del trabajo con otra ruta.

Debía esperar una amiga en Casa Cuesta para irnos juntas a casa.
Me puse mis audífonos, subí el volumen. Llovía, mucho. Mi sombrilla estaba media terca, me ahogaba la mascarilla, llovía pero había sol, brisa, calor e iba cargada.

A mi alrededor, mascarillas, gafas, conductores indecentes y demás.
Caminaba y daba la impresión de que la gente se alejaba de ti.

Algo interesante me llamó la atención.

Mientras estaba en la Lincoln, aumentó la lluvia. Yo estaba parada en un espacio sola pero en un muy buen ángulo para una escena que me arrugó el corazón y me puso los ojos llorosos.

A mi derecha había una muchacha con una sombrilla. Una señora llegó con un bebé en brazos, ella trataba de cubrirlo con un manto. Ambas esperaban el mismo transporte público.

La joven se movió de donde estaba, fue a donde ella, la ayudó con sus bultos (ahí en la fila de todos los que esperaban el transporte), la cubrió, a ella y a su bebé. Cuando llegó el transporte, pidió por ellos. La ayudó a subir al transporte, cambió su turno, pasó sus bultos y cerró la puerta.

La señora la miró, sin palabras. No supo cómo decir gracias.
Son pequeñas acciones.

En ese momento, es cuando uno recuerda que a pesar de todo, del coronavirus, la distancia y demás, somos humanos.

Con cariño,
Franco.

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